
Hace un tiempo, decidí que quería escribir un cuento de hadas trans, así que preparé una lista de mis clásicos favoritos y empecé a fantasear con la idea de llenarlos de contenido queer. El que enseguida se alzó con el primer puesto fue Peter Pan, aunque no porque me pareciera una metáfora trans especialmente interesante, la verdad. (Con total sinceridad, mi imaginación echó a volar por culpa de la adaptación de 2003 en la que Jason Isaacs interpretaba a un capitán Garfio demasiado atractivo. Sí, puedo ser así de superficial).
Fue justo en el momento en que me estaba peleando con el segundo borrador de Peter Darling cuando me di cuenta de por qué Peter Pan es un texto que encaja tanto con la experiencia queer.
Una vez asistí a una mesa redonda sobre las distintas formas en las que las personas trans sufren discriminación por edad. Le moderadore de la charla, que era no binarie, relataba que se le había tratado como si fuera más joven o contara con menos experiencia que el resto de sus compañeros de trabajo de la misma edad; su aspecto andrógino se percibía como un signo de «inmadurez». Según he observado en repetidas ocasiones, este problema también afecta a los hombres trans, en concreto a los que no tienen passing o que no se han sometido a una transición médica: es más fácil que se nos vea como «chicos» que como «hombres», independientemente de nuestra edad. Por consiguiente, creo que muchos de nosotros interiorizamos una eterna sensación de desconexión con respecto a la masculinidad adulta. La androginia de la juventud convierte a ese «chico» en un espacio más sencillo y seguro en el que habitar, pero a menudo también nos atrapa, nos guste o no.
No es de extrañar, pues, que conozca a un montón de hombres trans que, como chicos que parecen no llegar a crecer nunca, se identifiquen con Peter Pan al menos a un nivel superficial. Sin embargo, considero que la metáfora va más allá. En primer lugar, la eterna juventud de Peter no se limita al hecho de no envejecer, sino a que desafía a la madurez y todo lo que conlleva. Peter rechaza la intromisión de los adultos en su vida; es soberano de un mundo en el que la libertad, la realización personal y la imaginación son fundamentales, y en el que construye una comunidad junto a otros niños abandonados. En mi opinión, es lógico que esta figura atraiga a un colectivo vulnerable al que se ha amenazado y excluido de la sociedad convencional, a la que se le ha dicho que no pertenece ni pertenecerá jamás.
En segundo lugar, el hándicap de la eterna juventud de Peter es que está aislado de la sociedad y de todas las alegrías que se asocian a ella. En el epílogo de Peter Pan y Wendy, Wendy se casa, construye una familia y le deja un legado a su hija; mientras que el único legado de Peter es él mismo. Los niños perdidos se marchan de Nunca Jamás y pasan a formar parte de la vida de Wendy en lugar de la suya. (En el libro, incluso Campanilla fallece unos años después del final de la novela). En este sentido, creo que la historia de Peter Pan muestra más que una fantasía de empoderamiento queer o trans: profundiza en una serie de inquietudes muy propias de este colectivo sobre el abandono, la infantilización y la exclusión.
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El Peter Pan que me encantaba de pequeño, el de la película de 2003, comparte varias similitudes básicas con el clásico de Disney, aunque bebe mucho más de la novela original, Peter Pan y Wendy. De la misma manera que en el libro, la película no representa a Peter solo como una intrépida personificación de la juventud y la niñez, sino como una figura trágica casi antagónica. Aunque el nombre de Peter también aparece en el título, Wendy Darling es la auténtica protagonista. La película se centra en su camino hacia la madurez; al principio, huye de la presión por crecer, pero al final elige abandonar Nunca Jamás y convertirse en una mujer. En la historia de Wendy, tanto Peter como el capitán Garfio son antagonistas: Peter representa la tentación de la eterna juventud, mientras que Garfio, un hombre cruel y miserable que odia a los niños, representa lo peor de la edad adulta. Lo más importante es que Wendy los rechaza a ambos, pero no rechaza la idea de crecer. Más bien, rechaza la versión que el mundo de Peter tiene de los adultos, donde se perciben como personas malvadas, coercitivas y sin alegrías, y se marcha para formar una familia feliz como mujer adulta.
Antes de irse, sin embargo, intenta convencer a Peter de que la siga, pero él se niega con el argumento de que lo obligarán a ir al colegio y, en el futuro, a trabajar en una oficina. «No me dejaré atrapar para convertirme en un hombre», replica. En este contexto, «hombre» no solo significa un chico que ha crecido, sino que representa la masculinidad adulta restrictiva y desprovista alegría que Peter rechaza. Así pues, Wendy se lleva al resto de los niños perdidos a casa y Peter se queda sin su familia encontrada, mirando a través de la ventana de Wendy esa «única forma de felicidad de la que siempre estará excluido»: la familia, el legado y el amor.
Aunque el capitán Garfio no deja lugar a dudas de que es malvado, la película lo utiliza para expresar algunas de sus interpretaciones más dolorosas del personaje de Peter. Cuando espía a los niños, Garfio se da cuenta de que Peter está enamorado de Wendy y de que el deseo de estar a su lado le causa un auténtico conflicto después de que ella decida abandonar Nunca Jamás. En la batalla final contra los niños, Garfio lo atormenta al describirle un futuro en el que Wendy crece y lo sustituye por un marido de verdad, además, se refiere a Peter como una persona «incompleta» y «una tragedia». Esto angustia tanto al joven que casi le deja vía libre al pirata para que lo mate. Al final, Wendy lo salva con un beso y le asegura que nunca lo olvidará para calmarlo; sin embargo, la predicción de Garfio, en esencia, sí que se cumple. Al negarse a marcharse de Nunca Jamás, Peter se queda atrapado al otro lado de la ventana, solo.
Debido a que la percepción pública de Peter Pan es la de un personaje alegre y heróico, este se hace pasar por el protagonista de la película cuando, en realidad, es la tentación que Wendy supera con el objetivo de conseguir una vida feliz. Peter es la personificación de lo que dejamos atrás a medida que maduramos, aunque lo ideal sería que conserváramos algo de su espíritu libre. Esa negativa a sacrificar su juventud lo convierte, en palabras de Wendy, en alguien «deficiente». El jubiloso reencuentro de la familia Darling, junto a la enorme horda de hijos recién adoptados, le da a su eterna juventud una perspectiva sombría: él seguirá con sus jueguecitos para siempre, mientras que generación tras generación lo irán dejando atrás.
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Y aquí retomo el tema de Peter Pan como metáfora trans/queer. Se da a entender que todos llevamos un Peter Pan en nuestro interior y que las personas responsables eligen renunciar a él. Al hacerlo, se les recompensa con todos los placeres de la edad adulta. Pero la visión que ofrece Peter Pan sobre los «adultos» es extremadamente rígida y binaria: las mujeres se casan y se vuelven madres, los hombres se casan y consiguen un trabajo de oficina y «crecer» implica encontrar la felicidad en ello. Al principio de la película de 2003, Wendy quiere convertirse en una novelista que escriba sobre sus grandes aventuras; en cambio, al final de la misma, solo vuelve a mencionar esa ambición en las historias que les cuenta a sus hijos sobre Peter Pan. Podríamos optar por creer que sí logró ser escritora fuera de pantalla, pero la propia película lo pone en duda en una de las primeras escenas, en la que la señora Darling define la «valentía» como el hecho de que su marido «haya sacrificado mucho y haya renunciado a muchos sueños por su familia».
Pero ¿qué ocurre cuando los sacrificios requeridos para convertirnos en adultos «normales» son tan intrínsecos a quiénes somos que resultaría más adecuado calificarlos como autodestructivos? ¿Qué ocurre con los que no queremos ser niños para siempre pero no podemos, o no queremos, encajar en ese modelo de madurez rígida y binaria?
En resumen: ¿qué ocurre con los que no podemos casarnos de forma legal, con los que no podemos o no queremos tener hijos? ¿Qué ocurre con los que no podemos volver alegremente con nuestras familias porque nos han maltratado o repudiado? ¿Qué ocurre con aquellos a quienes, de forma sistemática, se nos niega la oportunidad de convertirnos en los adultos que deseamos ser por cuestiones de género, racismo, orientación sexual, discapacidad, etc.? ¿Podemos llegar a crecer?
¿Acaso somos egoístas por ser incapaces de encajar en un molde? ¿Acaso estamos atrapados en Nunca Jamás para siempre?
De adolescente decidí que no quería tener hijos. Como mi sexo asignado al nacer era femenino, recibí muchísimos comentarios condescendientes debido a esta decisión: era demasiado joven para comprender el milagro de la maternidad y todo el mundo sabía que querría ser madre en el momento en que creciera. De esta experiencia uno leía entre líneas que mi deseo de no dar a luz era, en esencia, infantil y que, si no lo superaba, significaba que no había madurado lo suficiente. Esa misma mentalidad acecha en el típico argumento de que las personas queer están pasando por «una fase» y que algún día, como espera la sociedad, estos pequeños Peter Pans crecerán y se convertirán en auténticos adultos normales.
Mientras tanto, nuestras propias formas de madurar —convertirnos en adultos queer con autoconocimiento, formar vínculos que validen nuestra identidad y deseos— siempre se van a percibir como deficientes. Ya puestos, podríamos pasarnos el día correteando y jugando con nuestros juguetes en nuestros cuartos; al fin y al cabo, nuestras formas de madurar y vivir de forma auténtica no se reconocen como tales. Nadie me preguntó nunca si quería ser padre.
Básicamente, Peter Pan está en lo cierto. Existe todo un mundo de dicha por descubrir en la cara opuesta de la infancia y en muchos casos merece la pena celebrar hacerse mayor. Sin embargo, a muchos de nosotros se nos niega la oportunidad de crecer hasta convertirnos en nuestro auténtico yo: queer, feliz y pleno. En lugar de eso, se nos da a elegir entre la conformidad y la tragedia. No es de extrañar que tantos nos identifiquemos con Peter, tiene ante las narices la dulce tentación de una madurez respetable pero falsa y, una y otra vez, se las apaña para decir que no.
Austin Chant, diciembre de 2017

